Cae la cortina
Todo termina y empezó alguna vez. Las bitácoras también han de morir. Cerca de 23.000 visitas y casi 2.000 comentarios correspondientes a 300 notas incluidas durante once meses deben llegar a su final.
Puedo expresar con la palabra gratitud o dar las gracias a cada uno de los benevolentes lectores silenciosos, a cada una de la aproximada centena de comentarios; algunos constantes, otros más esporádicos y varios ocasionales. También recibí correos de lectores amables que han originado gratas relaciones. Las críticas y censuras han sido aportes valiosos a los intentos en el oficio de escribir
Decir gracias es poco y limitado.

La bitácora no hubiera sido posible sin ese entorno. A riesgo de cometer muchas injusticias, y a eso los hombres somos muy proclives, daré algunas gratitudes públicas. A Milena, desde Chile, (http://www.danzandoencirculo.bitacoras.com) quien soportó con paciencia mi ignorancia e ineptitud tecnológica. A ella se deben los aciertos en el ordenamiento de la bitácora y muchos errores evitados en las notas gracias a su lectura atenta, además de paciente y benevolente con mis errores y desánimos. A Ana Plenasio, en Argentina, que provocó muchos textos, le debo gratitud además de una amistad ya prolongada. Estas últimas semanas he dejado los textos intercambiados con Tautina. (http://www.Tautina.bitacoras.com) Tengo por ella especial admiración como escritora y persona. (http://www.Gatopardo.blogia.com), a Gatopardo, la abuela, por sus estimulantes críticas y abundantes apoyos. Podría continuar, debiera proseguir y ésta nota sería en extremo extensa. Mi gratitud con Gabriela Meirelles, desde Montevideo, por permitirme utilizar sus fotografías, en especial la de la cortina en la ventana con la que baja el telón de la bitácora. (http://www.fotothing.com/Gabriela)
Aprendí mucho de la lectura de colegas bitacoreros. Seguiré leyéndolas, es el mejor homenaje que puedo rendirles.
Ahora debo regresar al recogimiento de los textos. Algunos deben ser escritos, de nuevo, en su totalidad y otros han de destinarse al olvido antes de borrarlos. Es el oficio inexorable de la escritura.